miércoles, 2 de septiembre de 2015

A la derecha y al fondo. La derecha autoritaria en Mar del plata


“Mucha gente opina que no se puede luchar contra el totalitarismo sin comprenderlo. Afortunadamente, esto no es cierto; si lo fuese, nuestro caso no tendría esperanza”. Hannah Arendt “Comprensión y política”, 1953.

Es quizás, Hannah Arendt, la persona que en su rol intelectual más ayudó a pensar el totalitarismo en el mundo. Sus razonamientos pueden o no ser tomados como válidos, pero aún a quienes pensamos diferente a ella, nos conmueve la inteligencia y carácter incisivo de su pensamiento.
Arendt, al entender que la “comprensión” es un proceso complejo, desarrolla una línea explicativa que aplica al caso totalitarismo.  Así, en la primera fase, el “lenguaje popular” y el uso del término “totalitarismo” estaría señalando la existencia de un “algo” que -para la década del 30 en Alemania- resultaba novedoso. La segunda fase correspondería a los estudios científicos (que necesariamente son a posteriori); en la tercera fase la comprensión sería más acabada, en dónde llegaría la reconciliación (vía comprensión), que nunca es perdón.
El punto aquí es observar que, para comprender y enfrentar a un movimiento autoritario, no es necesario que el mismo se desarrolle en su plenitud. Si esto fuese así – para Hannah Arendt- caerían las esperanzas.
Interpelar a ese movimiento autoritario antes podría hacer que no suceda, dado que de ocurrir no podemos predecir, desde las ciencias sociales, cuáles serán sus consecuencias. En todo caso lo que sí sabemos (y algunos parecen no querer recordar) es que cada vez que aconteció un fenómeno así  -en una ciudad, país o mundo entero- las consecuencias fueron gravosas, desde dónde se las mire.
Algunas de las obras de Arendt fueron escritas en la Alemania nazi, desde donde partió en 1933. De resultas que hoy sabemos mucho más que los contemporáneos de la autora acerca de las derechas. Contamos para nuestra ayuda con una inestimable y extensa bibliografía sobre el carácter de las derechas autoritarias a tal punto que las podemos “comprender” y sobre todo reconocer, para enfrentarlas.
De estas constelaciones analíticas, podemos extraer una serie de denominadores comunes de los que llamamos “derechas autoritarias”, a las que siempre -como afirman Roger Eatwell  y Noel O´Sullivan (1990) -  hay que analizar en contexto. En nuestro país, como en casi toda América Latina, se las puede reconocer en la historia como movimientos anti modernos; anti materiales (no anti capitalistas); “decadentistas”, en la medida en que –a la vez que observan la decadencia del momento-  intentan volver a un pasado “ideal”. Fueron en algunos momentos “nacionalistas”, entendiendo por Nación un conjunto de bienes simbólicos y materiales (riqueza), conducidos por una elite consistente. De allí su carácter autoritario. Para ellos sin elite no hay Nación. Elite que tiene un “destino” auto fijado, similar a los concebidos por las monarquías. Son también derechas católicas en la historia, y hoy pueden verse en quienes abjuran de una Papa demasiado moderno.
 La derecha autoritaria tiene desconfianza del futuro, al que ve amenazante, dado que los cambios tecnológicos modifican radicalmente el mundo que desean: una sociedad “chica”, interpersonal. Sujeta a relaciones de poder entre las personas; en dónde el que es parte de una elite (social, cultural, educativa) no necesita presentaciones.
Sus diferencias con la izquierda son categóricas, aunque en algún momento en nuestro país, sus programas puedan llamar a confusión. Es que como estudió González Cuevas (2000) analizando sus “antropologías” es dónde se ven las diferencias. Sencillamente: las derechas autoritarias no creen que el hombre y la mujer puedan construirse a sí mismos, cambiar. La derecha es pesimista.
Hombres de variada actuación en tiempo y en formas como Miguel Cané (autor de la Ley de Residencia, que expulsaba a inmigrantes con militancia política) o Manuel Fresco (Gobernador de la Provincia que llega a adscribir al fascismo), o buena parte de la “derecha peronista” como el CNU (Concentración Nacional Universitaria) hoy juzgados en nuestra ciudad, se podrían incorporar perfectamente en este conjunto de nociones. Los ejemplos podrían multiplicarse.
Todos estos aportes desde la historiografía, nos hacen ver con claridad el recorte ideológico del Candidato a Intendente de nuestra ciudad por Cambiemos, Carlos Arroyo.
Con poco, con muy poco, construyó un perfil de hombre sincero, que quiere una administración “simple”, en dónde todo funcione “correctamente”: los Hospitales, las Escuelas, las murgas fuera de las plazas, los chicos jugando en las veredas sin tanto celular, y computadora. Los “turistas” que deberán decir a qué viene. Si él lo hizo en “su” escuela (pública) porque no lo haría en todo el Municipio. Obvia en el relato su participación en la Dictadura Cívico Militar de 1976.
No debería hacer falta recordar que, además de los autores que han descripto el carácter, modos y programas de las derechas autoritarias en el mundo, contamos en nuestro país con innumerables publicaciones que han relatado el horror de la dictadura militar, desde el “Nunca Más” hasta hoy. Si alguien aún hoy tiene alguna duda sobre lo que pasa con un gobierno de derecha autoritario, puede recurrir a las más elementales fuentes. O, si prefiere, directamente pararse enfrente del Faro, la Base Aérea Militar o el destacamento Policial de Batán de nuestra ciudad;  la ESMA en la Ciudad de Buenos Aires o dónde le vaya la gana. No hubo lugar en nuestra geografía a dónde el horror no haya llegado.
Sí puede hacer falta ahondar en el carácter de derecha autoritario de las políticas presentadas por Arroyo, aunque la apretada síntesis de contornos derechistas que hemos propuesto aquí debería alcanzar. Haremos algunas referencias aunque sea fastidioso hacerlo. Que haya sido efectivo su discurso electoralmente, no supone que sea entretenido.
Las propuestas de simplicidad, de reversibilidad de los cambios tecnológicos y de las nuevas formas de relaciones sociales que de ellos derivan; las referencias permanentes a que las cosas “son” de una manera (inmodificables e inopinadamente); las propuestas carentes de política (conmigo esto va a funcionar); la agresividad recurrente (“vamos a desalojar a Pulti”);las referencias militares (día D Normandía); la mirada al turista como “extraño” y por tanto sujeto a control (más bien todo sujeto a control, a su control); la vuelta a un pasado ideal (cuando los chicos jugaban en la vereda, referencia a un mundo que ya no existe); en fin, ese conjunto de abstracciones pre políticas que Arroyo denomina un programa, son  -en conjunto-  identitarias de una raíz marcadamente de derecha.
El problema es que su “simplicidad” y supuesta bonhomía (que no tuvo frente a una periodista y menos cuando apoyó el levantamiento carapintada al Gobierno de Alfonsín), y su “carácter”  para enfrentar problemas, no lo convierten en un buen posible Intendente. Ni siquiera en un buen candidato. ¿Por qué? Porque no hay en su historia política un solo caso en que haya mostrado disposición al diálogo. A hecho del destrato, el autoritarismo y la agresividad, la única forma de relación política posible.  Es en este sentido importante ver que varios de los Concejales que han ingresado con él han mudado de bloque, en una prueba irrefutable de su negación del consenso. Es prueba – también- de su falta de destreza política, ya sea para conducir a un grupo reducido o para elegir equipos. Puede haber tránsfugas (algún miembro de su bloque lo ha sido hasta el extremo), pero la reiteración de casos revela un problema profundo.
Es que la destreza política se adquiere, entre otras cosas, escuchando. Y a poco de andar se descubre que nada en política es simple.  Sólo puede serlo si suprimimos la alteridad, es decir al otro/a. Supresión que es el punto de llegada del pensamiento autoritario, del que Arroyo es tributario.
El ascenso político del Carlos Arroyo fue posible por una mezcla de irresponsabilidad política de quienes no señalaron su pasado o de aquellos que especularon con sus votos. Por una política liviana en ideas y actos. Tampoco fue interpelado su presente, por ejemplo su no adhesión y presencia en los actos de los 24 de Marzo.  No siempre la sociedad elige por atributos, a veces lo hace por descarte, por “lo que hay”. Si nadie le “cuenta” a la sociedad cuales fueron sus compañías electorales previas -como el carapintada Breid Obeid o Luis Patti, con prisión e inhabilitación perpetua por represor- difícilmente se tenga la información completa para decidir.
La sociedad civil puede y debe analizar la política, enojarse, opinar, construir ideas, elegir. Pero la construcción de candidatos – no su elección o empoderamiento- es tarea primaria de la militancia política y sus cuadros, en la medida en que los partidos conservan el monopolio de la representación política.  Entonces es allí donde debemos buscar la falla, la fina grieta democrática, por dónde está pasando Arroyo.
Los marplatenses y batanense estamos, a mi juicio, frente a un dilema que nos marcará para siempre y es en este sentido que preocupa la difusión de posibles secretarios del candidato de Cambiemos. Como en un acto teatral se intenta “pulir” el pasado del candidato con nombres de personas con perfil democrático. Para ellos también va dirigida esta nota. Para que lo piensen, porque después quizás sea demasiado tarde.
Debo una aclaración. No escribo estas líneas con la intención de beneficiar electoralmente a nadie. No creo en las opiniones que, interesadas o no, intentan convencer de votar al oficialismo local como “mal menor”. Esa no es la única opción. Hay otros candidatos hacia quienes podemos enfocar  nuestro voto.  Lo que si intento hacer es convencer de los peligros que la elección de Carlos Arroyo pueda entrañar, peligros que – volviendo a Hannah Arendt-no es necesario que sucedan para que podamos comprenderlos.

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