“Mucha gente opina que no se puede luchar contra el
totalitarismo sin comprenderlo. Afortunadamente, esto no es cierto; si lo
fuese, nuestro caso no tendría esperanza”. Hannah Arendt “Comprensión y
política”, 1953.
Es quizás, Hannah Arendt, la
persona que en su rol intelectual más ayudó a pensar el totalitarismo en el
mundo. Sus razonamientos pueden o no ser tomados como válidos, pero aún a
quienes pensamos diferente a ella, nos conmueve la inteligencia y carácter
incisivo de su pensamiento.
Arendt, al entender que la
“comprensión” es un proceso complejo, desarrolla una línea explicativa que
aplica al caso totalitarismo. Así, en la
primera fase, el “lenguaje popular” y el uso del término “totalitarismo”
estaría señalando la existencia de un “algo” que -para la década del 30 en
Alemania- resultaba novedoso. La segunda fase correspondería a los estudios
científicos (que necesariamente son a posteriori); en la tercera fase la
comprensión sería más acabada, en dónde llegaría la reconciliación (vía
comprensión), que nunca es perdón.
El punto aquí es observar que,
para comprender y enfrentar a un movimiento autoritario, no es necesario que el
mismo se desarrolle en su plenitud. Si esto fuese así – para Hannah Arendt-
caerían las esperanzas.
Interpelar a ese movimiento
autoritario antes podría hacer que no suceda, dado que de ocurrir no podemos
predecir, desde las ciencias sociales, cuáles serán sus consecuencias. En todo
caso lo que sí sabemos (y algunos parecen no querer recordar) es que cada vez que
aconteció un fenómeno así -en una ciudad,
país o mundo entero- las consecuencias fueron gravosas, desde dónde se las
mire.
Algunas de las obras de Arendt
fueron escritas en la Alemania nazi, desde donde partió en 1933. De resultas
que hoy sabemos mucho más que los contemporáneos de la autora acerca de las
derechas. Contamos para nuestra ayuda con una inestimable y extensa
bibliografía sobre el carácter de las derechas autoritarias a tal punto que las
podemos “comprender” y sobre todo reconocer, para enfrentarlas.
De estas constelaciones
analíticas, podemos extraer una serie de denominadores comunes de los que
llamamos “derechas autoritarias”, a las que siempre -como afirman Roger Eatwell y Noel O´Sullivan (1990) - hay que analizar en contexto. En nuestro
país, como en casi toda América Latina, se las puede reconocer en la historia
como movimientos anti modernos; anti materiales (no anti capitalistas);
“decadentistas”, en la medida en que –a la vez que observan la decadencia del
momento- intentan volver a un pasado
“ideal”. Fueron en algunos momentos “nacionalistas”, entendiendo por Nación un
conjunto de bienes simbólicos y materiales (riqueza), conducidos por una elite
consistente. De allí su carácter autoritario. Para ellos sin elite no hay
Nación. Elite que tiene un “destino” auto fijado, similar a los concebidos por
las monarquías. Son también derechas católicas en la historia, y hoy pueden
verse en quienes abjuran de una Papa demasiado moderno.
La derecha autoritaria tiene desconfianza del
futuro, al que ve amenazante, dado que los cambios tecnológicos modifican
radicalmente el mundo que desean: una sociedad “chica”, interpersonal. Sujeta a
relaciones de poder entre las personas; en dónde el que es parte de una elite
(social, cultural, educativa) no necesita presentaciones.
Sus diferencias con la izquierda
son categóricas, aunque en algún momento en nuestro país, sus programas puedan
llamar a confusión. Es que como estudió González Cuevas (2000) analizando sus
“antropologías” es dónde se ven las diferencias. Sencillamente: las derechas
autoritarias no creen que el hombre y la mujer puedan construirse a sí mismos,
cambiar. La derecha es pesimista.
Hombres de variada actuación en
tiempo y en formas como Miguel Cané (autor de la Ley de Residencia, que
expulsaba a inmigrantes con militancia política) o Manuel Fresco (Gobernador de
la Provincia que llega a adscribir al fascismo), o buena parte de la “derecha
peronista” como el CNU (Concentración Nacional Universitaria) hoy juzgados en
nuestra ciudad, se podrían incorporar perfectamente en este conjunto de
nociones. Los ejemplos podrían multiplicarse.
Todos estos aportes desde la
historiografía, nos hacen ver con claridad el recorte ideológico del Candidato
a Intendente de nuestra ciudad por Cambiemos, Carlos Arroyo.
Con poco, con muy poco, construyó
un perfil de hombre sincero, que quiere una administración “simple”, en dónde
todo funcione “correctamente”: los Hospitales, las Escuelas, las murgas fuera
de las plazas, los chicos jugando en las veredas sin tanto celular, y
computadora. Los “turistas” que deberán decir a qué viene. Si él lo hizo en
“su” escuela (pública) porque no lo haría en todo el Municipio. Obvia en el
relato su participación en la Dictadura Cívico Militar de 1976.
No debería hacer falta recordar
que, además de los autores que han descripto el carácter, modos y programas de
las derechas autoritarias en el mundo, contamos en nuestro país con
innumerables publicaciones que han relatado el horror de la dictadura militar,
desde el “Nunca Más” hasta hoy. Si alguien aún hoy tiene alguna duda sobre lo
que pasa con un gobierno de derecha autoritario, puede recurrir a las más
elementales fuentes. O, si prefiere, directamente pararse enfrente del Faro, la
Base Aérea Militar o el destacamento Policial de Batán de nuestra ciudad; la ESMA en la Ciudad de Buenos Aires o dónde
le vaya la gana. No hubo lugar en nuestra geografía a dónde el horror no haya
llegado.
Sí puede hacer falta ahondar en
el carácter de derecha autoritario de las políticas presentadas por Arroyo,
aunque la apretada síntesis de contornos derechistas que hemos propuesto aquí
debería alcanzar. Haremos algunas referencias aunque sea fastidioso hacerlo.
Que haya sido efectivo su discurso electoralmente, no supone que sea
entretenido.
Las propuestas de simplicidad, de
reversibilidad de los cambios tecnológicos y de las nuevas formas de relaciones
sociales que de ellos derivan; las referencias permanentes a que las cosas
“son” de una manera (inmodificables e inopinadamente); las propuestas carentes
de política (conmigo esto va a funcionar); la agresividad recurrente (“vamos a desalojar
a Pulti”);las referencias militares (día D Normandía); la mirada al turista
como “extraño” y por tanto sujeto a control (más bien todo sujeto a control, a
su control); la vuelta a un pasado ideal (cuando los chicos jugaban en la
vereda, referencia a un mundo que ya no existe); en fin, ese conjunto de
abstracciones pre políticas que Arroyo denomina un programa, son -en conjunto-
identitarias de una raíz marcadamente de derecha.
El problema es que su
“simplicidad” y supuesta bonhomía (que no tuvo frente a una periodista y menos
cuando apoyó el levantamiento carapintada al Gobierno de Alfonsín), y su “carácter”
para enfrentar problemas, no lo
convierten en un buen posible Intendente. Ni siquiera en un buen candidato. ¿Por
qué? Porque no hay en su historia política un solo caso en que haya mostrado
disposición al diálogo. A hecho del destrato, el autoritarismo y la
agresividad, la única forma de relación política posible. Es en este sentido importante ver que varios
de los Concejales que han ingresado con él han mudado de bloque, en una prueba
irrefutable de su negación del consenso. Es prueba – también- de su falta de
destreza política, ya sea para conducir a un grupo reducido o para elegir
equipos. Puede haber tránsfugas (algún miembro de su bloque lo ha sido hasta el
extremo), pero la reiteración de casos revela un problema profundo.
Es que la destreza política se
adquiere, entre otras cosas, escuchando. Y a poco de andar se descubre que nada
en política es simple. Sólo puede serlo
si suprimimos la alteridad, es decir al otro/a. Supresión que es el punto de
llegada del pensamiento autoritario, del que Arroyo es tributario.
El ascenso político del Carlos
Arroyo fue posible por una mezcla de irresponsabilidad política de quienes no
señalaron su pasado o de aquellos que especularon con sus votos. Por una
política liviana en ideas y actos. Tampoco fue interpelado su presente, por
ejemplo su no adhesión y presencia en los actos de los 24 de Marzo. No siempre la sociedad elige por atributos, a
veces lo hace por descarte, por “lo que hay”. Si nadie le “cuenta” a la
sociedad cuales fueron sus compañías electorales previas -como el carapintada
Breid Obeid o Luis Patti, con prisión e inhabilitación perpetua por represor-
difícilmente se tenga la información completa para decidir.
La sociedad civil puede y debe
analizar la política, enojarse, opinar, construir ideas, elegir. Pero la
construcción de candidatos – no su elección o empoderamiento- es tarea primaria
de la militancia política y sus cuadros, en la medida en que los partidos
conservan el monopolio de la representación política. Entonces es allí donde debemos buscar la
falla, la fina grieta democrática, por dónde está pasando Arroyo.
Los marplatenses y batanense
estamos, a mi juicio, frente a un dilema que nos marcará para siempre y es en
este sentido que preocupa la difusión de posibles secretarios del candidato de
Cambiemos. Como en un acto teatral se intenta “pulir” el pasado del candidato
con nombres de personas con perfil democrático. Para ellos también va dirigida
esta nota. Para que lo piensen, porque después quizás sea demasiado tarde.
Debo una aclaración.
No escribo estas líneas con la intención de beneficiar electoralmente a nadie.
No creo en las opiniones que, interesadas o no, intentan convencer de votar al
oficialismo local como “mal menor”. Esa no es la única opción. Hay otros
candidatos hacia quienes podemos enfocar
nuestro voto. Lo que si intento
hacer es convencer de los peligros que la elección de Carlos Arroyo pueda
entrañar, peligros que – volviendo a Hannah Arendt-no es necesario que sucedan
para que podamos comprenderlos.
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