“De los fumadores podemos aprender la tolerancia. Todavía no conozco uno solo que se haya quejado de los no fumadores”. Sandro Pertini.
Algunos recordarán que Alessandro Pertini (1896-1990) fue un político italiano, partisano y séptimo Presidente de la República. Pocos adjudicarán a él una frase hoy convertida en sentido común, en cualquier país que haya sufrido regímenes totalitarios “A la más perfecta de las dictaduras, preferiré siempre una imperfecta democracia”. Su vida como político fue la de un avezado negociador, pero antes un militante fusil en mano que al ser apresado por el fascismo se declaró el único responsable de la publicación de la cual se lo acusaba y dispuesto a continuar la lucha antifascista por el socialismo y la libertad, pese a las condenas que irían en aumento.
Pues bien, Sandro Pertini era un fumador empedernido. Y además, hoy es necesario decirlo, un gran político y buena persona. Si. Un fumador puede ser excelente en lo que hace y digno de toda confianza.
Su ironía en la frase que inicia esta nota, ya no sería tal en Mar del Plata 2011. La tolerancia, arropada con argumentos saludables, se terminó. La intolerancia se completa, como siempre, con un dispositivo imaginario.
Las Leyes y, en este caso, Ordenanzas prohibiendo fumar en lugares cerrados, no se basan en estudios científicos serios, sino en la anulación de aquello que se supone maligno. Se amplía este concepto hacia las personas que, en todo caso victimas de una adicción, ven cercenados sus derechos.
El debate a favor o en contra de estas medidas está perdido de antemano. No hubo sensatez y no la habrá. Por la tanto esta nota es un humilde réquiem hacia una costumbre, que para muchos era más que eso: parte de nuestras vidas.
Me refiero al rictus de sentarse en una mesa de un café a conversar, leer un diario, o simplemente dejar pasar el tiempo.
A partir del 25 de Abril, y aunque sea inimaginable para quienes es parte de nuestra vida, eso, tal cual lo vivimos, se terminó. Un número frío, Ordenanza No 20104: un artículo escueto en segundo lugar “Prohíbese fumar en todos los espacios cerrados con acceso público en el Partido de General Pueyrredón” lo hicieron posible.
El sentido de tomar un café es, para un fumador, indisoluble del emocionante proceso de sacar un cigarrillo y prenderlo. Para nosotros, lo gestual, y con eso lo que somos (es decir fumadores) está acompañado de ese proceso.
Tengo para mí que muchas de las mejores palabras dichas en el mundo, y de las peores también, no hubiesen existido sin ese “momento”. De hecho la canción considerada fundante del rock nacional (aunque por cuestiones historiográficas compita con “Rebelde” de los Beatniks) La Balsa, fue hecha en el baño de un café (La Perla del 11, para los más jóvenes)
No imagino a John Lennon componiendo, por caso, Let it Be, sin un cigarrillo. Ni lo mejor de Calamaro, sin humo. Y Sandro, claro., más directo con “Un cigarrillo, la lluvia y tú”, canción de Alberto Cortéz, con una muy buena versión de Tito Rodriguez y creo, del famoso trío Los Panchos.
“Café la humedad” de Cacho Castaña, es un símbolo cultural de porteñidad, ya más que una canción. “No me pregunten si hace mucho que la espero:
un café que ya está frío y hace varios ceniceros”.
Rick Blaine (crítico de EE. UU que utiliza cómo seudónimo el nombre del personaje de Bogart en Casablanca), en sus comentarios a la película Smoke dice “Ese sabor a café y cigarro mirando por la ventana del bar a ver si viene ella. En la radio una canción de Tom Waits nos desarma. Y nos mata”. Tanto Castaña como Blaine, universalizan la interacción café/ cigarros, proyectándola hacia ese amor que duele. Y es así. ¿Qué hombre no deseó un cigarrillo en un momento cómo ese? ¿Y un café? ¿Y ambos, mientras pasan las horas de aterradora nostalgia?
A nadie le parece interesante al menos que un tipo de Brooklyn y otro de Flores, a más de veinte años de distancia (1972 a 1995), asocien de la misma forma café/ cigarros y amor? De otro modo ¿no es llamativo que las frases acerca del fumar sean infinitamente más inteligentes, ricas y severas que aquellas que no lo promueven?
Desde los más profundo y temprano de nuestra historia se asocia el cigarrillo con la creatividad. Digo “nuestra” porque, señores inquisidores, el tabaco es latinoamericano. Tanto el cacao.
Una lista de escritores adictos al tabaco haría que esta nota se convierta en un catálogo interminable. Abreviando: Paul Auster Charles Baudelaire, Simone de Beauvoir, Bertolt Brecht, Charles Bukowski, George Gordon Byron, Albert Camus, Camilo José Cela, Raymond Chandler, Arthur Conan Doyle, Joseph Conrad, Julio Cortázar, John Dos Passos, Alexandre Dumas, William Faulkner, Gustave Flaubert, Jean Genet, Máximo Gorki, Jorge Guillén, Dashiell Hammett, Patricia Highsmith, Ernest Hemingway, Henry James, James Joyce, José Lezama Lima, Clarice Lispector, Antonio Machado, Thomas Mann, Henry Miller, Jean Poquelin Molière, Juan Carlos Onetti, José Ortega y Gasset, George Orwell, Cesare Pavese, Octavio Paz, Fernando Pessoa, Arthur Rimbaud, Andrés Rivera, Juan Rulfo, Bertrand Russell, George Sand, Jean Paul Sartre, Georges Simenon, Susan Sontag, Osvaldo Soriano, Italo Svevo, John R. R. Tolkien, Mark Twain, Jules Verne, Boris Vian, Walt Whitman, Oscar Wilde, Emile Zola.
Determinante no? Y podríamos extenderlo a todas los campos creativos, el resultado sería el mismo, incluso, de algunos actores y actrices de fuerte impacto en el mercado. ¿Pensas que darías tú humilde reino por conocer a Cameron Díaz o a Sharon Stone? Pues bien preparáte una buena pastilla de mentol, ambas son fumadoras y muy atractivas.
Vos crees que tu tipo de hombre se parece a Ben Afflek, Jude Law, Jack Nicholson, Colin Farrell o Sean Penn, dependiendo de tu edad o modo de atracción? Preparáte a darle un buen enjuague bucal, todos ellos, si, todos son fumadores.
Creo recordar que mi primer cigarrillo, en compañía de un café fue en el bar de Mitre y Alberti, aún existente. Seguro, descontando alguna novia de la infancia, mi primer “declaración” fue cigarrillo en mano. Es más, ya que esta nota es políticamente incorrecta, confesaré que sin un café y un cigarrillo mi vida sexual hubiera sido paupérrima. No lo fue, por suerte, aunque la tos sea cada vez más pronunciada.
Los amores y desamores, ocurren en un tiempo y lugar. Imaginar estos momentos de mi vida fuera del contexto de un café y un cigarrillo me resulta impropio, literalmente no mío.
Es el contexto el que determina y hace propio esos ámbitos. En Smoke (película estadounidense dirigida por Wayne Wang en 1995, Cigarros para América Latina, co- dirigida por el escritor Paul Auster) todo gira alrededor de la cigarrería.
“Dejar de fumar es fácil. Yo ya lo dejé unas cien veces” escribió Mark Twain (1835-1910).
Más difícil es ironizar ahora, cuando las nuevas formas de modernidad impulsan a la “salud” como centro del “bienestar”. En términos generales y dando por comprendidos los análisis económicos del caso (reconversión de las industrias cigarreras, aumento mundial en los gastos de salud, mayor cantidad de horas trabajadas per cápita, etc) lo “sano” es una imposición de mercado y por lo tal, frágil, efímera. Para Bauman, “la sociedad moderna líquida es aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas”. Es decir no hay costumbre, localización, identidad.
Creemos, porque así se supone que pensemos, que somos más felices que un campesino Chino del siglo XIX, por ejemplo. Es cierto que nuestras condiciones materiales de vida, aún la de los millones de postergados en el mundo, son cuantitativamente mejores. Algunos podemos pensar, con riesgo, que cualitativamente puede haber más de una duda.
La historia cotidiana de la humanidad nos revela una misma búsqueda: el amor. ¿Es el amor saludable? Parece que si a juzgar por los cientos de estudios que así lo demuestran. ¿Nuestra sociedad facilita el amor? Es obvio que casi lo condena.
Por lo tanto los criterios de “saludable” son, como mínimo, una aventura intelectual. Mayor años de vida= mayor bienestar, sería la nueva ecuación. ¿Esto es generalizable, es decir, sociológicamente sostenible? Por cierto, no. ¿Quién garantiza que a mayor longevidad, mayor felicidad?
Leía hace poco que los “descubridores” de nichos de mercado, están desarrollando ofertas de consumo dirigidas a personas de más de cien años. Los cien actuales, son los ochenta de hace dos o tres décadas, rezan.
Desde el punto de vista conceptual, en cuanto a medidas estatales, resulta fácil balbucear lo “políticamente correcto”, termino tan asociado a razonamientos de cierto progresismo local.
No sin precaución advierto que no veo el carácter “progresista” de estas limitaciones al consumo del tabaco, en la medida en que existan opciones para el caso de los lugares públicos. Prohibimos el consumo del tabaco, pero estamos a favor de la eutanasia. La verdad esto es lógicamente insostenible. Si como “progresista” entendemos las políticas de respeto hacia la individualidad y sus opciones, a la vez que la protección de las culturas y diversidades del conjunto, estas políticas “antitabacales” son, lisa y llanamente, una discriminación.
Creo. y ya sin precaución. que este tipo de medidas aparecen como políticamente correctas, y son en su dermis, profundamente tilingas. Van ligadas en términos prácticos, a “medidas de seguridad” del mismo tenor conceptual, pero en distinta materia. Se parangonan con la obligatoriedad del uso del cinturón de seguridad (para mayores de edad) y del casco, en el caso de motocicletas. Recursos modestos (siendo extremadamente buenos con el adjetivo) de “gestión” de prohibir aquello que no podemos controlar.
¿El cigarrillo hace mal? Pues, claro!!!! Y mata. La mortandad por enfermedades cardiovasculares -ligadas al cigarrillo, pero no solamente adjudicables a él- representa alrededor del 30% a nivel mundial., siendo la primera causa. La segunda con un 25%, son las enfermedades infecciosas, que junto con la mortalidad materna 5%, son causas “asociadas” a la pobreza.
Llamativo que el principal argumento de los “restriccionistas” sea que el cigarrillo es la primera causa de mortandad “evitable” en el mundo. ¿La pobreza no es evitable? Aquí comienza el compendio de lugares comunes y tilinguerías argumentativas.
Es difícil entrar así en esta discusión numérica, y además no muy conducente. Para el INDEC la principal causas de muerte en la argentina sigue siendo “las enfermedades del sistema circulatorio”, divididas en “enfermedades cerebrovasculares” y “otros”, siendo otros más del 80% del total de esa categoría, están en una leve disminución y en porcentaje igual a la tasa mundial, es decir alrededor de un 30%. Pero es necesario aclarar que como “enfermedades del sistema circulatorio” ingresan una cantidad enorme de sucesos, incluso el clásico “paro cardio respiratorio”, cuyo origen podría ser tan variado como un gol, una hipotermia por dormir en la calle, o simplemente el final de una vida por cansancio. Paralelamente la tasa de mortandad por accidentes está creciendo a un ritmo cercano al 10% anual. ¿Es serio “prohibir” con estos datos?
Nunca sabremos - la medidas tilingas tiene eso- porqué no se recurrió a otro tipo de soluciones. ¿El sentido común no indicaba una medida simple, como la que cada propietario de negocio optara por trabajar con tabaco o sin tabaco, todo debidamente señalado en la puerta?
En España, dónde se aplicaron medidas similares, las cuales copiamos volviendo a vender oro por baratijas, hubo enconadas oposiciones. Javier Marías, escritor de esa nacionalidad decía "No hay mayor humillación, para un 30% de la población -unos 14 millones de individuos, nada menos-, que verse excluidos de la sociedad por tener una costumbre -o un vicio, tanto da- a la que el propio Estado al que representan nos ha alentado durante décadas”.
Si del cuidado de la salud se trata, llama la atención que los “políticamente correctos” no hayan hecho nada en nuestra ciudad para controlar la venta de la comida conocida como Fast Food.
En el año 2004 el cineasta estadounidense Morgan Spurlock, estrenó un documental llamado “Super Size Me”, traducido como “Súper engórdame” para América Latina. En él y durante 30 días el director se alimenta sólo en locales Mc´Donalds con tres comidas diarias. Los efectos en su salud fueron escandalosos: cambios de estado de ánimo, impotencia sexual, daños hepáticos, aumento considerable de colesterol, etc.
El propio cineasta concluyó que las prohibiciones deberían ser incluso mayores que a las del cigarrillo.
Claro que enfrentarse a Mc´Donalds no es tarea para políticos de medio vuelo. “Mc Libel“ es otro documental dirigido por Franny Armstrong en el cual se relata la historia del juicio entablado por Mc´Donalds contra militantes de Greenpace, por difamación.
¿No es la comida “chatarra” causal de una serie de problemas evidentes de salud? ¿No es el colesterol - producto de la ingesta sistemática de estas comidas- una de las causales de la mortandad por “problemas en el sistema circulatorio”? ¿No debería al menos obligarse a que estos locales posean una identificación advirtiendo de esto?.
Recordábamos ese tango tan popular, aquí y en el mundo., Café la humedad. El café en cuestión no fue ficción, como casi nada en el tango. Hoy es un “minimarket” en Boyacá y Gaona, ciudad de Bs. As. Nadie reparó en su valor cultural, para qué. En una ciudad gobernada por tilingos con estética moderna, recordar que allí alguien sintió nostalgia con gusto a café y cigarrillo, está de más.
Algo parecido ocurrirá sin duda en Mar del Plata (ya tenemos los tilingos, claro). Primero serán los pequeños café, ya aniquilados con la anterior ordenanza restrictiva. Luego lo serán otros, quizás los más concurridos. En el medio ocurrirán procesos de reconversión, intentando salvar aquello que será imposible. Y, paralelamente, seguiremos fumando, limitados socialmente, sancionados, pero lo haremos. ¿Cuál es el sentido de estas medidas? W. Churchil, siendo jóven, logró almorzar con Sir William Harcourt, “En el curso de una conversación en la me arrogué, me meto, un papel nada modesto, pregunté: ¿Y qué ocurrirá entonces?. Querido Winston- contestó el anciano estadista victoriano- la experiencia de mi larga vida me ha hecho convencerme de que la cosas no ocurren”. (W. Churchil, La Crisis Mundial.)
Es probable que este recuerdo haya acompañado a W. C toda su vida política. En su vejez escribió “he pasado la mayor parte de mi vida tratando de solucionar cuestiones que se solucionaban solas con el tiempo”.
Cuanta sabiduría, frente a tanta ignorancia.
