
http://www.youtube.com/watch?v=IfZZrXTCzxQ
Tristeza. La política se está convirtiendo en un posicionamiento tras otro. Una seguidilla de soliloquios. De no hablar de lo que si hay que hablar. No hay siquiera empalme, cancha de debate, digo. Ya no está barrosa, como siempre. Ahora no hay cancha.
Tengo a través de ella, gente entrañable. Militantes de fierro, de los de verdad. No importa dónde estén militando ahora. Son de los buenos y buenas. De los que hablan a los gritos para decir lo que piensan. De los imprescindibles.
Con muchos de ellos ya no puedo. Tendríamos que ver, juntos, si la posmodernidad, lo líquido, lo que no permanece, no se filtró en nosotros. Creo que asumir la política sólo como posicionamiento es eso: liquidez. Y creo también que se han perdido las ideas universales (otro rasgo post moderno; su pérdida, claro). Reconozco ingenuidad. Soy de los que creen que las ideas, si las hay, deben ser apreciadas en tanto que tales. No por quién las dice. Jacobinismo puro.
O en todo caso es probable que permanezca en mí la idea de “campo popular” tan afín con la militancia de los primeros ochenta. Producido ese recorte -que no debiera ser subjetivo, sino objetivo, es decir colectivo- el quién lo dice ya no importaba tanto si está dentro de los que jugamos a favor de cuestiones como -por ejemplo- la necesaria justicia en la distribución de la riqueza.
A partir de ahí, la honestidad militante e intelectual, funcionaba como un cierra paso. La ley del off side (orside, si prefieren). A veces no encuentro ni eso ahora.
Recordando, descubro. Carlos Auyero, ese gran tipo, por sobre todas las cosas. Un recorredor de caminos de unidad. De pensamiento. Me acuerdo de las horas perdidas entre actividades, en algún pueblo/ciudad. Carlos se cuidaba mucho, ya que para ese entonces, su corazón había tenido un correctivo médico. Compartíamos los corazones, claro. Pero más. En esas recorridas en un chevette de dos puertas apuraba ideas todo el tiempo. “A vos te parece si…”, decía. Una y otra vez. En una esquina de algún lugar que no recuerdo Carlos confesó que él probaba un poco a la gente. Su inteligencia. Pero además espejaba ideas en sus interlocutores.
No tuve la suerte de ser su amigo personal. Si alguien por quién Carlos tenía cierto aprecio. Me atendía cuando verlo no era moco de pavo. Dirigía el Instituto Programático del Frepaso y se tomaba el laburo con la mayor dedicación. Había llegado allí, un tiempo después de romper con la Democracia Cristiana a la que -junto los recordados Augusto Comte y Néstor Vicente -, habían engrosado vía la corriente Humanismo y Liberación. Cuando lo conocí dirigía una corriente interna del Frente Grande de manera muy poco convencional. No era un “jefe de agrupeta”, en la jerga. Se ponía por encima de listas y enfrentamientos diversos, con las consabidas puteadas de sus seguidores.
Voy a hacer una confesión personal: fue con él –además de mis compañeros directos- con quien conversé mi renuncia al PI, y afiliación directa al Partido del Frente Grande. Tenía que dejar amigos- algunos lo siguen siendo- algunas “posiciones” (para ese entonces y habiendo hecho un largo recorrido militante, era miembro del Comité Nacional del PI). Nunca, pero nunca me pidió adscripción a su corriente interna (que no integré). Nunca hablamos de otra cosa que no fuese de política, de programas, de ideas, de crecimiento.
Un día de Abril de 1997 es invitado al Programa de Mariano Grondona junto a -entre otros- Eduardo Amadeo (por entonces Secretario de Desarrollo Social de la Presidencia de Menem). Lo que circulaba por ahí era la crisis neuquina; la movilización docente; la rebelión social y la represión, con el costo altísimo de la muerte de Teresa Rodríguez.
Allí Carlos sostuvo que las gentes que se movilizaban allí, no querían una revuelta social revolucionaria, sino “entrar a la sociedad”. Cosa que las políticas privatizadoras, bancadas por casi todo el PJ impedían. Es más: eran los expulsados de la “nueva” argentina que pedían a gritos y empujones no caerse de la tierra plana privatizada. Con un altísimo nivel y planteando ideas, Carlos fue acusado por Amadeo de “querer un mártir”. Textual: "ATEN (por el gremio docente de Neuquén) y el Frepaso ya tienen un muerto". Carlos retrucó avezadamente, mientras algo comenzaba a pasar en él. A los minutos se desplomó en el suelo. Unos minutos más y su vida había terminado, sin que la mujer de Horacio Verbitsky (médica) y otros pudieran reanimarlo. Tenía tan sólo 61 años. En el piso se encontraba además de Verbitsky, Emilio Pérsico como representante de los “sin”, a quienes Amadeo acusaba de “subversivos”.
Siempre creí que su corazón se detuvo, después de soportar verdaderas canalladas de un canalla como Eduardo Amadeo. Y siempre pensé que hay gente que no resiste las canalladas. Carlos, simplemente, era uno de ellos.
Hubo dos momentos en los cuales noté su ausencia de forma extrema. Con la renuncia del Chacho a la Vicepresidencia. Y ahora. En ambos casos hago historia contra factual: no hubiese sido lo mismo con Carlos Auyero vivo.
Si la pérdida de la honestidad intelectual es un hecho, aviso: no me sumo. Si hacer política va a significar tenerle la vela a alguno/a, y la casi imposibilidad de tener un discurso crítico y trasladarlo: no me cuenten. Como escribía Mario Benedetti, “Uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere”.
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